Creo que Gila diría algo así como: “¿Hola? ¿Es San Valentín? Mire, quería saber cuando va a volver de vacaciones, es que creo que la excedencia que usted se tomó ha producido un déficit grave en la empresa y se va a pique”. Al margen de mi pésimo humor, debo decir que es triste ver cómo la economía ha ganado al amor en este caso. Es cierto, el ser humano necesita fechas que le recuerden acontecimientos: navidad, cumpleaños, día del padre y de la madre….Pero cuando llega un momento en que lo que realizamos pierde la esencia del amor significa que hay un desastre apunto de acontecer. No voy a escribir ahora que el amor se demuestra todos los días (eso lo escucháis en todos los sitios), sino más bien que si nos proponemos un acto de San Valentín por lo menos que lo hagamos bien, de corazón, como el regalo que le haces a un amigo porque “te sale del alma”, pues aquí lo mismo. Es un momento para tomarnos un tiempo a solas con nuestra pareja y aprovecharlo, fomentar nuestra sexualidad y capacidad erótica, enseñarle a ese ser que tenemos a nuestro lado o pretendemos tenerlo que nos importa de veras.
Puedes regalar bombones, flores, invitar a cenar, pero ¿por qué al margen de eso no expresamos también nuestros sentimientos? No hay mejor afrodisíaco. Al margen de porque éstos no existan en el mundo material, es porque el ser humano es afectivo. Esta capacidad de mostrar nuestros sentimientos y emociones es la que a potenciado nuestra capacidad de supervivencia durante muchos años. Pero al margen de lo social, la naturaleza nos brinda con otro regalo: la voluntad de poder ejercer el sexo cuando queramos y con total libertad. Nuestras emociones cambiaron nuestra biología hace mucho tiempo porque fuimos superior al tiempo y a las estaciones del año que nos hacían estar en celo. Ahora somos seres capaces de mirar a alguien fijamente a los ojos y poder sentir esas cosquillas en el estómago y expresarnos con nuestro cuerpo, nuestro tacto, nuestro olor y nuestro placer erótico a aquello que amamos.
Creo que no hay más que decir. Ahora toca actuar.
Enrique Luis
www.sensitud.com
19-02-2012
Manos agrietadas, corazón joven.
No está de moda envejecer juntos. Es más, la gente no quiere ni envejecer. Parece que nos pasamos la vida combatiendo algo y poner como enemigo ni más ni menos que a la misma naturaleza. El amor que se procesa en la vejez era admirado por lo más jóvenes en una época donde se aclamaba la necesidad de encontrar alguien especial con quien compartir tu vida. El otro día estaba en el metro de Barcelona y me senté junto a una pareja de ancianos. Cuando sonó la parada que les correspondía a ambos, el marido se levantó con esfuerzo y mientras buscaba a poyo alargó su mano para que su mujer lo tomara. Ella lo abrazó, no solo con ternura, sino también con confianza. Ese gesto me dejó anonadado. No porque pareciera raro, sino por el miedo a que en un futuro si que fuera inusual poder ver ese tipo de gestos. Nadie piensa ya en ese amor a largo plazo, piensan que es algo obsoleto y que no tiene cabida en una sociedad que avanza hacia la soledad.
Muchos ni siquiera se cuestionan que en esta edad se mantengan relaciones sexuales. Uno de los motivos es la falsa correlación entre la senectud y la bajada de necesidad sexual. Parece que el mito dice algo así: “cuando te haces mayor el pene se cae a trocitos, la vagina se cose y no tiene uno ganas de nada porque ya no es joven”. Es un mito con el que se debe de acabar, porque las necesidades son las mismas. Existe en la vejez una bajada de hormonas –en la testosterona-, pero eso no tiene nada que ver con el deseo o la excitación. De echo, en nivel de testosterona para que exista una motivación sexual está en el umbral medio, si una persona se inyecta testosterona de más, no existe una mayor motivación sexual salvo el placebo inherente en las mentes humanas.
La capacidad de amar no se altera a lo largo del tiempo, aunque la cultura haga hincapié en intentarlo. Un estudio realizado por la Facultad de Medicina de la Universidad de Califonia confirma hallazgos en la vejez. Según la investigación realizada con más de 800 mujeres mayores de 60 años, éstas manifestaron que se sienten mucho más satisfechas con su sexualidad que cuando eran jóvenes.
Hace pensar en que la sabiduría del tiempo puede tener más fuerza que la “vitalidad” de una juventud. Unas manos agrietadas no muestran la capacidad de un corazón.
Enrique Luis
www.sensitud.com
05-02-2012
Uno, dos, tres: ¡¡¡SONRÍE!!!
El ser humano fue creado con una cantidad enorme de emociones negativas: furia, enfado, tristeza...Pero es curioso ver cómo cada uno de nosotros lucha por conseguir una: la alegría. Se define como un estado de bienestar, una sensación psicológica de vida que invade nuestro cuerpo haciendo benigna cada uno de los acontecimientos externos que nos rodean. Te puedes reír por cualquier cosa, incluso hay autores que atribuyen este fenómeno a cualquier acontecimiento no esperado que produce una sensación de control y no se percibe una consecuencia negativa. Puedes reírte por alguien que no cumple las normas sociales pero no se percibe en él ningún atisbo de maldad. Muchas veces lo haces porque alguien es él mismo.
No puede uno decantarse por una taxonomía existente sobre el porqué de una sonrisa, pero sí sabemos lo que significa cuando alguien lo hace: sencillamente está viviendo. La gente tiene la tendencia a unirse a personas que siempre se están riendo y que comparte un concepto de la vida positivo. La naturaleza es adaptativa y lo demuestra con creces. ¿Quién no tiene un amigo que cuenta los mejores chistes? ¿Cómo lo valoras? Yo lo tengo y la verdad es que estoy deseando siempre que vuelva para poder entonces compartir un retazo de vida con él.
La risa está localizada en la zona prefrontal de la corteza cerebral, la parte más evolucionada del cerebro. En esta zona, según los expertos, reside la creatividad, la capacidad para pensar en el futuro y la moral.
Sigmund Freud atribuyó a las carcajadas el poder de liberar al organismo de energía negativa. Esta capacidad fue científicamente demostrada cuando se descubrió que el córtex cerebral libera impulsos eléctricos negativos un segundo después de comenzar a reír.
Cuando reímos, el cerebro emite una información necesaria para activar la segregación de endorfinas, específicamente las encefalinas. Estas sustancias, que poseen unas propiedades similares a las de la morfina, tienen la capacidad de aliviar el dolor, e incluso de enviar mensajes desde el cerebro hasta los linfocitos y otras células para combatir los virus y las bacterias.
En otras palabras: por reírte no pierdes nada. Se rumorea que una sonrisa equivale a cuarenta y cinco minutos de yoga. ¿Consejo? ¡Haz las dos cosas!
Enrique Luis
www.sensitud.com
22-01-2012
La primera caricia, el primer erotismo
Resulta interesante recalcar las múltiples concepciones que tiene el ser humano de sí mismo. Es sorprendente como sobretodo el hombre, se ha forjado desde el inicio en que una posición varonil es aquella en la que el cariño queda suprimido reprimido para mostrar una fortaleza que bien podría colocarse entre comillas. Muchas veces pensamos que lo que nos guía es un placer sexual y que nuestro objetivo común es la simple procreación y su descendencia genética. Obviamente nos vamos hacia un camino fácil porque es mucho más difícil admitir que el amor y la necesidad de abrirse al otro es necesaria para nuestra felicidad, sustituyendo este deseo por una necesidad que catalogamos como primaria para poder así hacer frente a este mundo -cada vez más hostil-, que nos muestra que lo que prima es el dinero y difundirse sexualmente lo mayor posible como un anuncio barato de internet. Muchos estudios que revocan esto quedan atados al olvido por considerarlos “poco prácticos”. El problema de ésta utilidad, es que es considerada por unos cuantos “eruditos” que parece ser que no recibieron mucho cariño “de peques”. Experimentos espeluznantes realizados durante la época de los nazis consistieron en lo siguiente: Se realizaron dos tipos de grupos constituidos por recién recién nacidos. En el primero grupo, las cuidadoras tan solo entraban en la habitación para darles de comer, cubrir sus necesidades básicas y mantener las condiciones higiénicas adecuadas; en el otro, las cuidadoras trataban a los bebés de la misma manera pero además se les mecía en los brazos y se les proporcionaba contacto humano. Más de la mitad de los bebes del primer grupo murieron al cabo de dos años y los otros manifestaron enfermedades de tipo físico y psicológico.
Spitz -un discípulo del creador del psicoanálisis, Freud- estudió afondo este asunto y concluyó que la ausencia de estimulación benigna al bebé provocaba la languidez y la muerte. También existen otros casos como el de Federico de Prusia, que quiso crear “supersoldados” aislándo a los bebés de sus madres y de conductas “femeninas” . Todos murieron.
Todo esto demuestra que el contacto humano es totalmente necesario para nuestra supervivencia, y eso sigue ahí aunque estemos en la edad adulta. Se nos olvida que cuando tenemos treinta años seguimos teniendo a ese niño de dos, tres o siete años dentro de nosotros. Supongo que será porque pensamos que cerrarnos al cariño nos hace más supervivientes. Pero no es cierto, cerrarnos nos hace sobrevivir, pero realmente cuando nos abrimos y empezamos a sentir es cuando vivimos.